El socialismo romántico

Introducción

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Louis Antoine Léon de Saint-Just. Saint-Just se adhirió a las ideas revolucionarias, colaboró intensamente con Robespierre y se convirtió en uno de los principales dirigentes de los jacobinos.
Louis Antoine Léon de Saint-Just. Saint-Just se adhirió a las ideas revolucionarias, colaboró intensamente con Robespierre y se convirtió en uno de los principales dirigentes de los jacobinos.
Saint-Simon, uno de los representantes del socialismo utópico en Francia, cuyos ideas fueron asimiladas con un alto grado de misticismo por sus discípulos, agrupados en la llamada escuela sansimoniana.
Saint-Simon, uno de los representantes del socialismo utópico en Francia, cuyos ideas fueron asimiladas con un alto grado de misticismo por sus discípulos, agrupados en la llamada escuela sansimoniana.

Introducción

Socialismo utópico y ciudad: I. Nacimiento de un urbanismo progresista

Retrato de Ferdinand de Lesseps, por G. Lepaule en 1840. Lesseps simpatizaba con las ideas socialistas utópicas de Henri de Saint-Simon, especialmente con el grupo de los saint-simonistas que habían fundado de parte de su líder Barthélemy Prosper Enfantin un centro de estudios técnicos que se especializaría en promover la construcción de un canal que uniera el Mar Rojo con el Mar Mediterráneo mares, debido a las evidentes ventajas que traería para el comercio.
Retrato de Ferdinand de Lesseps, por G. Lepaule en 1840. Lesseps simpatizaba con las ideas socialistas utópicas de Henri de Saint-Simon, especialmente con el grupo de los saint-simonistas que habían fundado de parte de su líder Barthélemy Prosper Enfantin un centro de estudios técnicos que se especializaría en promover la construcción de un canal que uniera el Mar Rojo con el Mar Mediterráneo mares, debido a las evidentes ventajas que traería para el comercio.
Barthélemy-Prosper Enfantin, llamado Le Père. Fue uno de los primeros seguidores de Saint-Simon y se proclamó elegido del Señor y ley viva, al paso que denostaba públicamente la tiranía del matrimonio.
Barthélemy-Prosper Enfantin, llamado Le Père. Fue uno de los primeros seguidores de Saint-Simon y se proclamó elegido del Señor y ley viva, al paso que denostaba públicamente la tiranía del matrimonio.

Socialismo utópico y ciudad: II. Victor Considérant

Retrato de Charles Fourier. Influido, como los anteriores, por la Revolución francesa, propone como modelo social el sociantismo o asociación de seres humanos en pequeños grupos para realizar un trabajo común.
Retrato de Charles Fourier. Influido, como los anteriores, por la Revolución francesa, propone como modelo social el sociantismo o asociación de seres humanos en pequeños grupos para realizar un trabajo común.
Retrato de Auguste Comte. Junto con Augustin Thierry, fue secretario de Saint-Simon durante siete años y ambos se separaron de él, debido a las muchas discrepancias que surgieron. Después de esta ruptura, Comte inició una etapa que calificó de higiene cerebral para alejarse de la influencia de las ideas de Saint-Simon.
Retrato de Auguste Comte. Junto con Augustin Thierry, fue secretario de Saint-Simon durante siete años y ambos se separaron de él, debido a las muchas discrepancias que surgieron. Después de esta ruptura, Comte inició una etapa que calificó de higiene cerebral para alejarse de la influencia de las ideas de Saint-Simon.

El socialismo utópico y el estado

Robert Owen. Este industrial inglés, el principal representante del pensamiento socialista asociacionista de su país, intentó poner en práctica sus planes de reforma social en su fábrica de hilados, pero sus planes fracasaron al enfrentarse a la conservadora sociedad de la época. Portada de una de las ediciones del Viaje a Icaria, de Étienne Cabet. Inspirado en las obras de Tomás Moro, Cabet escribió su Viaje a Icaria en 1840, donde describe una utópica sociedad socialista.
Robert Owen. Este industrial inglés, el principal representante del pensamiento socialista asociacionista de su país, intentó poner en práctica sus planes de reforma social en su fábrica de hilados, pero sus planes fracasaron al enfrentarse a la conservadora sociedad de la época. Portada de una de las ediciones del Viaje a Icaria, de Étienne Cabet. Inspirado en las obras de Tomás Moro, Cabet escribió su Viaje a Icaria en 1840, donde describe una utópica sociedad socialista.
En 1825 Robert Owen compró la Comunidad de Harmony en Indiana de la Harmony Society, y la estableció como un proyecto de sociedad utópica bajo el nombre de New Harmony. El experimento fracasó y tuvo que vender el terreno en 1828, perdiendo con ello una buena parte de su fortuna. Grabado por F. Bate.
En 1825 Robert Owen compró la Comunidad de Harmony en Indiana de la Harmony Society, y la estableció como un proyecto de sociedad utópica bajo el nombre de New Harmony. El experimento fracasó y tuvo que vender el terreno en 1828, perdiendo con ello una buena parte de su fortuna. Grabado por F. Bate.
New Lanark, según un dibujo de L. Clark que ilustra la obra View of Scotland, de Smith y Elder. En la gran fábrica de hilados de algodón las condiciones de vida de los obreros mejoraron sustancialmente; mientras que en las fábricas competidoras de la época se trabajaba de 14 a 15 horas diarias, en New Lanark la jornada laboral era de 10 horas.
New Lanark, según un dibujo de L. Clark que ilustra la obra View of Scotland, de Smith y Elder. En la gran fábrica de hilados de algodón las condiciones de vida de los obreros mejoraron sustancialmente; mientras que en las fábricas competidoras de la época se trabajaba de 14 a 15 horas diarias, en New Lanark la jornada laboral era de 10 horas.
Retrato de François-Noël Babeuf en la carcel. Noël, fundador del  Club del Panteón, fue ejecutado en 1797 por el Directorio por su participación en la Conspiración de los Iguales.
Retrato de François-Noël Babeuf en la carcel. Noël, fundador del Club del Panteón, fue ejecutado en 1797 por el Directorio por su participación en la Conspiración de los Iguales.

La Revolución francesa había destruido el Antiguo Régimen basado en los privilegios de la nobleza y el clero, consiguiendo como resultado transferirlos a la burguesía. Los obreros de la ciudad y el campo quedaron en las mismas deplorables condiciones de antes de la Revolución. Acaso era inevitable esta aparente injusticia, pero la Revolución no consiguió el bienestar de todos los ciudadanos, que era el ideal. Desde un principio se sospechó que se imponía igualdad de bienes, pero la Revolución no insistió más que en la igualdad de derechos. El girondino Brissot, en sus Recherches, dice:

“La necesidad es lo único que puede justificar la propiedad. En consecuencia, no es lícito poseer más de lo que se necesita. La medida de nuestras necesidades debe ser la de nuestras fortunas, y si cuarenta escudos bastan para mantenernos, poseer ciento veinte equivale a un robo”.

Saint-Just, lugarteniente de Robespierre, se expresa en términos análogos a Brissot en sus Informes a la Convención:

Los holgazanes son los últimos sostenes de la monarquía: el trabajo ha de ser obligatorio, la instrucción gratuita e igual para todos”. “Las tierras confiscadas a los aristócratas deben servir para dotar a los pobres.” “Hasta que no quitéis las tierras a los malvados para darlas a los desgraciados no diré que habéis hecho una revolución.”

Saint-Just no concreta si los malvados son los que poseen una hectárea o los dueños de toda una provincia, pero llega a proponer el amor libre y que la nación eduque a la infancia. Demanda un tratamiento “espartano” para los muchachos: hasta los dieciséis años no podrán comer carne y dormirán ocho horas sobre esteras. Pero, en el fondo, tanto Brissot como Saint-Just deseaban conceder a obreros y campesinos parcelas de tierra para crear una clase de pequeños propietarios interesados en sostener la República.

“No puede tener cultura –dice Brissot– quien no es propietario, y sin propiedad no hay patria.”

Según Saint-Just, la felicidad ha de consistir en poseer un arado, una cabaña y un campo cultivado con nuestras manos para gozar en paz de los frutos de la tierra y de las costumbres republicanas.

El artículo primero de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano precisa que el gobierno está instituido para garantizar los derechos naturales e imprescriptibles.

Éstos son: “derecho a la igualdad, libertad, seguridad y propiedad”. Hasta aquí llegó la Revolución francesa: una serie de declaraciones de principios, algunos sostenidos filosóficamente, otros discutidos y aprobados por la Convención. Pero obsérvese que no se trató nunca de legislar sistematizando la sociedad según un régimen más avanzado que el de una república “clásica”... Los miembros de la Convención se sentían republicanos como Platón y tiranicidas como Bruto. Hasta Marat en diversas ocasiones defendió la propiedad individual y abominó de los teorizantes de

légalité parfaite qui ont enthousiasmé la multitude aveugle, toujours menée par des mots”

(Ami du Peuple, 1791).

Los tiempos no estaban maduros para mayor cambio social que el de la monarquía a la república burguesa. Con todo, algunos advirtieron que no valía la pena derribar el régimen de aristocracia y clero para entronizar la burguesía. Los descontentos, organizados por François Noël (llamado Gracchus) Babeuf, prepararon la conspiración de 1796, primer intento de revolución social. Los implicados eran 17.000 y había entre ellos militares de categoría, estudiantes y funcionarios, además de obreros. La proclama que los conspiradores pretendían distribuir al pueblo el día del pronunciamiento es de estilo mucho más categórico que las declaraciones de los filósofos teorizantes de que abominaba Marat. He aquí algunos párrafos del Manifiesto de los Iguales, título de las proclamas de Babeuf y compañeros:

“...Los hombres son iguales, nos decís, y desde tiempo inmemorial la más monstruosa desigualdad pesa insolentemente sobre el género humano...”. “Ahora la obtendremos: la igualdad o la muerte... La Revolución francesa no es más que un anticipo de otra que vendrá, más grande, más solemne, la lucha final...” “Queremos más que la igualdad ante la ley...” “Más que la igualdad concedida en la Declaración de Derechos del Hombre... Consentimos en perderlo todo para obtenerla; no nos importa que perezcan todas las artes, si conseguimos la verdadera igualdad.”

La frase “perezcan todas las artes” sirvió principalmente para acusar a Babeuf de vandalismo. ¡La igualdad o la muerte! Babeuf fue delatado pocos días antes del alzamiento y guillotinado por la simple intención de reformar el estado. Las ideas que expone en las proclamas y sostuvo en el proceso le valieron la muerte con tres más de los suyos.

El Manifiesto de los Iguales iba seguido de declaraciones de principios como éstos:

“La naturaleza impone a cada uno la obligación de trabajar. Nadie puede sustraerse al trabajo sin cometer un crimen. La Revolución no está terminada, porque los ricos absorben los beneficios y los pobres trabajan como esclavos. La República establecerá una propiedad comunal con los bienes de los enemigos de la Revolución, los confiscados a los criminales y, sobre todo, los que vaya adquiriendo a la muerte de los actuales propietarios...”

(porque Babeuf y sus amigos no aceptaban la sucesión por herencia). “Los bienes comunales serán explotados por todos los miembros de la comunidad, exceptuando los viejos y los enfermos...” La comunidad nacional, en cambio, asegura alojamiento sano, cómodo y amueblado decentemente, vestidos de hilo y lana para el trabajo, alimentos y asistencia médica. Recordemos que esto era en 1790. Babeuf fue un precursor de muchas de las ideas recogidas, más tarde, por el marxismo.

Otro de los grandes socialistas utópicos de la época fue, sin duda, Saint-Simon, sobrino-nieto del famoso duque que escribió las memorias de la corte de Luis XIV, y cuya familia creía descender de Carlomagno. D’Alembert, el director de la Enciclopedia, fue su preceptor. Así no es extraño que a los diecisiete años el joven Saint-Simon ordenara a su criado que le despertara cada día con estas palabras:

“¡Levantaos, señor, que tenéis grandes cosas que hacer!”.

A los diecinueve años enviaba una memoria al virrey de México proponiéndole el corte del istmo de Panamá. Combatió con La Fayette en América, y Washington lo nombró coronel en el campo de batalla. A los veinticinco años se ofreció al gobierno español para construir un canal navegable hasta Madrid... Cuando la Revolución, en vez de concurrir a las asambleas políticas, especuló con tierras desamortizadas al clero y la nobleza, ganando cuantiosa fortuna. Pensaba emplearla en establecer una escuela politécnica modelo, pero se casó y empleó el dinero en fiestas y recepciones. Sobre todo invitaba a los hombres de ciencia, pues, como dice para justificarse,

“quería estudiar a los sabios. No basta conocer el estado actual del conocimiento, hay que apreciar los efectos de la ciencia en los que a ella se dedican; es necesario indagar qué cambios produce el trabajo intelectual en sus pasiones, en su ánimo y en su moral”.

Este estudio de la sociedad y de los sabios, que duró sólo doce meses, arruinó completamente a Saint-Simon. En 1808 vivía de un sueldo anual de mil francos como empleado en el Monte de Piedad de París. Un día pudo escribir, sin avergonzarse de sus prodigalidades:

“Hace dos semanas que no como más que pan, trabajo sin calefacción y he vendido hasta mis ropas para procurarme ejemplares de mis escritos, que reparto gratuitamente”.

Uno que visitó a Saint-Simon en esta época describe su cuarto en completo desorden:

“No había una silla o sillón qué no estuviese lleno de las cosas más extrañas libros, papeles, pan seco, ropa sucia y botellas. Pero su conversación volvía siempre a lo mismo: la reforma del estado y nuevas teorías de gobierno”.

Doce años de miseria y humillación acabaron con el optimismo de Saint-Simon. En el año 1820 trató de suicidarse, pero la bala sólo le dejó tuerto y desfigurado. Cinco años después murió rodeado de unos cuantos discípulos. Sus últimas palabras fueron:

“Quisiera resumir mi vida en un deseo de asegurar a todos los hombres el libre desenvolvimiento de sus facultades”.

Los escritos de Saint-Simon, llenos de relámpagos de genio, carecen del espíritu científico de organización que predicaba para el estado. Sus discípulos cargaron con la tarea peligrosísima de interpretarlos. Hubo gran variedad de aplicaciones. Así, mientras Auguste Comte, tomando a la letra la recomendación de Saint-Simon de “organizar la ciencia sobre bases positivas de experiencia”, fundó el positivismo filosófico, y Augustin Thierry creó la escuela de Historia documentada, recordando el consejo de Saint-Simon de “basar todos los raciocinios sobre hechos observados y discutidos”.

Pero es indudable que, según Saint-Simon, la política debe convertirse en una “ciencia de observación, empleando los mismos métodos y los mismos sistemas que se emplean hoy en las otras ciencias”. Para Saint-Simon, la psicología es la primera ciencia auxiliar de la política. Sin embargo, la psicología toma para Saint-Simon un valor nuevo: la humanidad es un ser colectivo; psicología es, por lo tanto, la ciencia del alma de la humanidad. Saint-Simon cree que se podrán descubrir leyes que hagan de esta psicología colectiva una ciencia exacta como la astronomía. Admira a Newton sobre todos sus predecesores, pero cree que su descubrimiento quedó incompleto, porque no comprendió que había una fuerza reguladora de la sociedad como la de atracción en la materia bruta. Su estudio forma la “ciencia de la producción”, la que hoy llamamos economía política. A todos los productores, tanto los del campo como los de las fábricas, los califica de “industriales”.

Se comprende que un positivista como Saint-Simon –positivista por lo menos en algunos de sus escritos– no puede contentarse con el dogma de la libertad limitada.

“Si la idea vaga y metafísica de libertad, tal como prevalece hoy día –dice Saint-Simon en 1821–, se tomara como base de un régimen político, dificultaría la organización del gobierno con sus partes fuertemente unidas y dependientes unas de otras.”

Por lo que toca a la igualdad, Saint-Simon ni se entretiene en discutirla. En su proyecto de sociedad organizada hay una jerarquía y, sin darse cuenta de ello, Saint-Simon acabaría por aceptar un emperador del universo, como Dante aceptaba el de las naciones de la tierra. Saint-Simon dedicó a Napoleón su Tratado de la gravitación universal –léase gravitación social–. Como el conquistador de Europa no le prestó la menor atención, Saint-Simon creyó más factible que le escucharan los Borbones después de la restauración. El tipo de monarca ideal para Saint-Simon es Carlomagno, aunque casi preferiría un buen hombre coronado como Luis XVI mientras tuviera a su lado un moderno Descartes. El Descartes moderno sería, naturalmente, Saint-Simon.

A la muerte de Saint-Simon, sus discípulos convirtieron lo que hubiera debido ser una escuela de tecnología y estadística en una nueva Iglesia. Lo que en tiempo de Saint-Simon no pasó de ser romanticismo político y científico, después de su muerte se convirtió en misticismo, llegándose a considerar las ideas del maestro como una nueva revelación. Los sansimonianos disponían de recursos. Aquella mezcolanza humanitaria que exponían como nueva religión halagaba a gentes medianamente cultas y a algunas con dinero. Publicaron periódicos diarios excelentemente informados: Le producteur, L´Organisateur y Le Globe con la finalidad de propagar la doctrina. Sólo fueron perseguidos cuando, probablemente quejosos de su escaso progreso como reformadores, se lanzaron a vivir en comunidad religiosa. Una casa con jardines en Ménilmoltant, cerca de París, fue el nuevo Port-Royal sansimoniano. Aunque los más fervientes eran castísimos ascetas, predicaban la liberación de la mujer, entonces todavía sujeta legalmente al marido. Esto les trajo dificultades con la policía. En agosto del año 1832 los directores, que ya se llamaban sacerdotes, del grupo de Ménilmoltant sufrieron un año de prisión, más por su conducta extravagante que por escándalos inmorales y por sus ideas políticas.

Convencidos los sansimonianos de que Francia no era tierra a propósito para aplicar sus doctrinas, un grupo numeroso se trasladó a Oriente, “país del sol y de la voluptuosidad”. Entre los fugitivos estaba Ferdinand de Lesseps, que realizó después la obra del canal de Suez, y, ¡rara casualidad!, en el buque que condujo a los sansimonianos iba el propio Garibaldi. Más tarde, en plena actividad revolucionaria, Garibaldi solía decir que al principio amó sólo a su patria, pero que el contacto con los sansimonianos le había impulsado a amar a toda la humanidad. Así, los desplantes de Saint-Simon, en su cuarto lleno de papeles y de trastos viejos, no habían sido enteramente inútiles.

El segundo gran pensador utópico del siglo, Charles Fourier, coincidió en muchos puntos con Saint-Simon. No llegaron a conocerse, y es casi seguro que Saint-Simon murió sin haber leído una sola página de Fourier. En cambio, Fourier leyó los escritos de Saint-Simon y hasta es posible que llegara a aprovecharlos. Sólo los menciona, sin embargo, para criticarlos duramente. Considera a Saint-Simon como un economista, un “abogado”. Debía de parecerle demasiado científico. Saint-Simon comenzó tarde a preocuparse por las injusticias sociales causantes de la miseria que apenaba a Fourier y creía que una nueva “economía dirigida” –como decimos hoy– acabaría con todos los males del proletariado... Fourier quería estimular con ensayos societarios el nuevo régimen. Saint-Simon guardó, hasta en su extrema pobreza, un temperamento de aristócrata; Fourier, en cambio, fue toda su vida el pequeño negociante, el sergent de boutique, como se llamaba a sí mismo. Con irritación, no pudo disimular el disgusto que le producían su origen burgués y su educación improvisada. Sus enemigos se aprovecharon de esta circunstancia para explicar de forma simplista su mal genio; llaman a Fourier épicier mécontent (bodeguero descontento).

Fourier nació de familia burguesa en el año 1772 y murió soltero y burgués el 1837. Por las fechas tenía que ser, como Saint-Simon, uno de estos “productos intelectuales de la Revolución”, que Musset llama “hijos del siglo”. “Llevaba en el corazón dos heridas: todo lo que existía en su juventud estaba destruido; nada de lo que deseaba que existiera se había realizado.” Pero Fourier, mucho más impaciente que Saint-Simon, no podía esperar que la ciencia cicatrizase la primera herida sin acaso curar la segunda. Porque, más aún que Saint-Simon, Fourier creía haber descubierto el remedio universal que produciría la felicidad de toda la raza humana a corto plazo.

“Yo –dice Fourier– solo, sin ayuda de nadie, he confundido a veinte siglos de imbecilidad política. A mí únicamente deberán su bienestar sin límites la presente generación y las futuras. Antes de mí, la humanidad perdió miles y miles de años luchando locamente contra la naturaleza. Yo soy el primero que me he inclinado a estudiarla y he descubierto el método que requiere para el progreso. Ella se ha dignado sonreír al único mortal que ha penetrado en su santuario, y me ha entregado sus tesoros. Poseedor del libro del destino, yo vengo a disipar la oscuridad política y moral que nos envuelve, y sobre las ruinas de las ciencias imperfectas, erigir la teoría de la Armonía Universal, levantando un monumento de gloria imperecedera” .

(Teoría de los cuatro movimientos y de los destinos generales)

Estos hinchados párrafos reflejan el espíritu de la época, pero en Fourier denotan sincero convencimiento. Fourier propone como panacea la Armonía Universal, que otras veces llama Atracción o Pasión. Es la fuerza santa que lleva a cada ser humano a actuar de concierto con los demás para el bien común. Según Fourier, las pasiones que nos empujan para gozar nos obligan también a trabajar. Un niño desea dulces porque le convienen para su crecimiento; juega con otros pequeños a hacer canales y pantanos con agua de los charcos, lo que ya es trabajo. Así son también los mayores: nadie preferiría la inacción al trabajo si se le ofreciera como un medio de emplear sus pasiones. En lugar de reprimirlas hay que encauzarlas: ellas son otra manifestación de la atracción universal. Fourier cree que éste es el plan de Dios o la ley de la naturaleza; los hombres lo han olvidado en sus luchas y competencias políticas. Por medio de grupos o falanges de seres humanos asociados para el trabajo común, Fourier espera conseguir el máximo rendimiento, mejor dicho, la totalidad de los resultados.

La humanidad ha pasado por varias etapas en su evolución dolorosa: Primitiva o paradisíaca; Salvaje, sin dirección ni gobierno; Patriarcado, con pequeñas industrias; Barbarie, con industrias ya desarrolladas; Civilización, con grande industria; Garantizada, con seguridad de trabajo y salud; Socialismo, o asociación perfeccionada para el trabajo; Perfecta armonía del hombre con el hombre y de la humanidad con la naturaleza. (Este es el régimen que debe producir el “bienestar sin límites, que Fourier ha descubierto en el Santuario de la Madre Naturaleza, que está escrito en el Libro del Destino”, etc.). En sus teorías, Fourier parece esperar que del empuje natural de las pasiones humanas pueda resultar concierto y armonía. No se percibe que la envidia, la ambición, el odio son pasiones tan naturales como el amor y la simpatía, el placer de cooperación y el goce de la obra realizada. Los hombres no sólo construyen, muy a menudo destruyen. Así le criticaban a Fourier sus contemporáneos; nosotros no podemos por menos que notar que ya él mismo puso el Armonismo como la última etapa de la humanidad, aunque sospechaba que había otras formas de vida humana posibles con seres humanos más evolucionados. Era condenarse al fracaso querer saltar de la quinta etapa a la octava sin pasar por la sexta y la séptima.

Pero los furieristas propagaron con tan bellas imágenes sus proyectos de falansterio, o grupo social en etapa de perfecta armonía, que parecía de fácil realización. Repartieron miles de folletos y contaban con periódicos: Le Phalanstère, La Réforme Industrielle, La Démocratie Pacifique, que les proporcionaron innumerables adeptos. En Francia se intentó un primer ensayo de falansterio en Rambouillet, que no llegó a funcionar. Otro en Cîteaux tuvo graves dificultades porque el lugar no era a propósito, y al fin fracasó. En los Estados Unidos se instalaron hasta dos docenas de falansterios, algunos perfectamente equipados. Pero ni aun éstos llegaron a durar más de cinco o seis años. Nadie los combatía, eran ellos mismos los que se disolvían.

Sin embargo, todavía quedan hoy solitarios, diseminados por el mundo, que creen que la salvación de la humanidad se conseguirá con el “trabajo hecho gozoso” por la “atracción apasionada” y la “educación emuladora”. El lenguaje de Fourier y sus discípulos tiene ahora acaso mayor encanto por su extremado romanticismo. Las frases sentenciosas de Fourier, diciendo que “nuestro deber es esforzarnos en hacer aquello que Dios demanda de nosotros, y nuestro derecho es conocer lo que Dios quiere de nosotros”, y otras por el estilo, no resuelven la cuestión social, pero se saborean como vino añejo.

“El Falansterio es el alvéolo social... La tierra en la Sociedad Armónica estará dividida en tres millones de falansterios, cada uno con 1.500 individuos de los tres sexos (los menores de edad, para Fourier, pertenecen a un “tercer sexo”. un sexo neutro). Un falansterio es una explotación agrícola con edificios para habitación y recreo. El cultivo es fácil y agradable. En lugar de cultivar cereales, ocupación dolorosa, según Fourier (que no había sospechado la posibilidad de las modernas trilladoras), se atenderá a los árboles frutales, que dan productos más variados.”

Fourier, en su falansterio, columbró algunas mejoras ya hoy realizadas. Tanto Fourier como Saint-Simon proclamaron sin ambages que la mujer no debía diferenciarse del hombre en sus derechos y deberes, sino tan sólo en lo que requiere mayor fuerza física. Y lo mismo podía decirse del tratamiento de la infancia y de tantas otras injusticias seculares que Saint-Simon y Fourier se atrevieron a denunciar.

Es interesante observar que Saint-Simon y Fourier, sin darse cuenta, se movían por tendencias ideológicas que agitaban al mundo entero.

Otro ejemplo de fundador de régimen utópico fue Étienne Cabet. Era hijo de un tonelero, pero estudió leyes, profesó como abogado liberal y hasta llegó a ser nombrado gobernador de Córcega. Quizá los escándalos y la inmoralidad política de la época de Luis Felipe convirtieron a Cabet en un reformador muy avanzado. Diputado, pero perseguido por radical, Cabet preparó en el destierro su famoso Viaje a Icaria, la patria ideal, el lugar donde los hombres vivirían como iguales, sin injusticias. El periódico Le populaire se encargó de propagar la doctrina.

La prensa reaccionaria y subvencionada por el gobierno de la monarquía “casi legítima” de Luis Felipe atacó a Cabet con más violencia que había atacado a Saint-Simon y Fourier. Los obreros, en cambio, simpatizaron más con Icaria que con el falansterio. Cabet y sus discípulos fueron perseguidos por la justicia y encarcelados, pero la utopía de Icaria está organizada con jerarquía de autoridades a las que se les da títulos retumbantes. Los beneficios se reparten a prorrata entre “el capital, el trabajo y el talento”. La familia no es obligatoria. Hay “esposas” para matrimonios indisolubles, y mujeres para uniones temporales, y otras que ni con esto se conforman son damas “galantes”... Los servicios generales para comunicaciones entre los diversos falansterios se atienden por “hordas” de jóvenes con pasión para la vida aventurera y trashumante. Los “ejércitos” sirven para los trabajos de interés mundial...

En 1847, Cabet consiguió del gobierno de Texas la concesión de un millón de acres para una primera colonia de icarianos. De momento Cabet escogió, entre los miles de voluntarios que se ofrecían a marchar, sesenta de los más jóvenes, fuertes y convencidos para la expedición de vanguardia. Pero apenas llegados a Nueva Orleans, los emigrantes se enteraron de que la Revolución de febrero de 1848 había derribado a Luis Felipe y su gobierno burgués, y algo de su entusiasmo se enfrió por el escrúpulo de si no hubieran hecho mejor permaneciendo en Francia para influir en la constitución de la nueva República. Los desiertos de Texas, país seco y rocoso, no eran los más favorables para una Icaria paradisíaca.

Al llegar Cabet, el “Padre”, como le llamaban sus discípulos, con nuevos emigrantes, se abandonó definitivamente Texas, estableciéndose Icaria en un excelente lugar de Illinois. En 1855 el número de miembros de la comunidad era de 500, pero previendo un aumento de prosélitos, Cabet había comprado tres mil acres de tierra en Iowa, adonde empezaron a marchar colonos de Illinois. En realidad, la marcha a Iowa no era necesaria para la expansión, sino para justificar una escisión. Cabet murió en Saint-Louis, Missouri, en 1856, presintiendo el desastre que acabaría con los dos grupos de sectarios icarianos.

La escritura de fundación de la comunidad icariana de Iowa, que es del año 1860, no se diferencia más que en detalles de cualquier otra empresa cooperativa. Los socios son accionistas, que pueden retirar el capital al separarse de la comunidad. Pero el comunismo que se propone en el Viaje de Cabet y otros folletos de propaganda es mucho más avanzado que el que emplearon los icarianos en sus experimentos. Por ejemplo, la familia subsiste en Icaria y el concubinato está prohibido, pero la comunidad protege a las madres durante el período de gestación y lactancia y obliga a todas las mujeres, solteras y casadas, a recibir “cursos de maternidad”. A la edad de cinco años, los pequeños quedan admitidos como pensionistas del estado, que cuida de desarrollar su inteligencia, su fuerza corporal y sus habilidades técnicas. A los dieciocho años pasan a ser obreros y a los veinticinco se les acepta solemnemente como ciudadanos. De este adiestramiento y del régimen icariano que sigue después dimana la felicidad perfecta.

“Las preocupaciones del mañana, las querellas originadas por intereses encontrados, los sufrimientos de la miseria son desconocidos en Icaria. Como cada uno es feliz, se mantiene virtuoso, y así son tolerantes y buenos, deseando ver al mundo practicar su fraternidad para recibir las delicias que ellos comparten”

(Viaje a Icaria).

El fermento socialista del período romántico que hemos comparado a una tendencia ciclónica en la atmósfera del espíritu, no sólo agitaba a los franceses, sino que se manifestaba también en los demás países de Europa.

El caso más notable de esta coincidencia con Saint-Simon, Fourier y Cabet es el de Robert Owen en Inglaterra. Owen era de origen burgués. Fue un industrial próspero durante la primera parte de su vida. Asociado a su suegro, rico fabricante de hilados de Manchester, durante muchos años, no pasó de interesarse paternalmente por el bienestar de sus obreros.

Por iniciativa de su suegro, la industria se trasladó a New Lanark, en Escocia, junto a un gran salto de agua. Los estupendos beneficios del negocio permitieron a Owen conceder gradualmente participación en el negocio a los obreros. Se trabajaba en New Lanark sólo diez horas al día; los niños menores de diez años no eran admitidos al trabajo. Los talleres eran espaciosos, higiénicos y ventilados mecánicamente. Todo esto eran grandes innovaciones en la homicida industria de principios del siglo XIX. Pero, sobre todo, Owen había persuadido a sus obreros que se asociasen en cooperativas de consumo y ayudaba a fundar enfermerías, casas-cuna y escuelas. Todas estas obras filantrópicas, en lugar de debilitar el capital, produjeron prosperidad a la compañía que presidía Owen.

Convencido de haber descubierto una manera de transformar el mundo y restaurar la edad de oro, Owen se sintió apóstol y publicó en 1812 sus Nuevos horizontes de la sociedad, o ensayos sobre el carácter humano. Propone la reforma de la educación para llegar a una especie de cooperativismo industrial e igualitario. Gastó más de un millón de libras en propaganda. Al principio puramente humanitaria, su predicación tuvo gran éxito. Logró ver su sistema industrial aprobado por numerosos partidarios. Hasta los hermanos del rey participaban de sus ideas. Con partido en el Parlamento, Owen se creía en vísperas de ver realizada la reforma en toda Inglaterra, pero como buen racionalista publicó un Manifiesto de sistema racional de sociedad y religión, que empezaba diciendo:

“El sistema de sociedad que ha prevalecido hasta hoy se ha fundado sobre nociones imaginarias, resultado de un estado mental de la humanidad todavía grosero y sin experiencia”. “Las circunstancias exteriores, que regulan la sociedad, son obra del hombre y se resienten de estas nociones primitivas e imperfectas.”

Owen cree que todos los males de la humanidad son la herencia del período irracional, y que el hombre se ha engañado, hasta resultar el más imperfecto y más inconsecuente de los seres; la historia de la humanidad con sus guerras y pillajes lo demuestra. Cada uno ha luchado contra todos, y todos contra cada uno... Al hablar así, Owen no contaba con el conservadurismo inglés, representado por la Iglesia anglicana. Owen decía:

“La sociedad hasta hoy día ha sido esclava de la más monstruosa combinación de tres errores: la propiedad privada, los absurdos e irracionales sistemas religiosos y, por fin, el matrimonio, que hace de la mujer la propiedad del marido”.

Ya se comprende que con atacar estos tres “errores” no podía Owen conseguir en Inglaterra más que ser declarado hereje en los tres órdenes: político, religioso y social... En 1819 había perdido completamente la popularidad y la fortuna. Como los furieristas e icarianos, marchó a buscar en los Estados Unidos un ambiente virgen donde poder aplicar sus principios con la integridad que requerían.

Owen fracasó en América con su colonia de la Nueva Armonía, pero dejó allí por lo menos la semilla del cooperativismo. Y en las modernas ideas de Henry Ford, que convierten al patrono en un patriarca y proponen como remedio de la cuestión social mejoras materiales para el obrero, esto es, un mínimo de trabajo y un máximo de higiene.., ¿no hay acaso un eco de las predicaciones de Owen?

Las cooperativas de producción y de consumo, tan poderosas en Inglaterra, están también inspiradas en las predicaciones de Owen y son como una consecuencia de sus experimentos en New Lanark.

Pero sería inexacto considerar a Owen únicamente como el iniciador del cooperativismo y de las medidas humanitarias para mejorar el trabajo en las industrias. Owen, buen hijo de su época, no puede dejar de filosofar románticamente acerca de nuestros males, acusando a la ignorancia y a la imprevisión de todo lo que nos daña.

“La felicidad, la verdadera felicidad, producto de la educación y de la salud, consiste en el deseo de aumentar el bienestar de nuestros semejantes, en enriquecer nuestros conocimientos y en la asociación de seres que simpaticen. Sobre todo no puede haber felicidad con superstición, sin caridad y sin libertad.” “La religión razonable es la religión de la caridad.”

Como culto consagra la ley del instinto, que ordena vivir según los impulsos de la naturaleza.

“Vivir feliz, he aquí lo que yo llamaré hacerse agradable a Dios...”

Sin embargo, en una de las reuniones de los partidarios de Owen, después de regresado éste a Inglaterra, en 1836, se oyó por primera vez una palabra nueva, socialism, que tenía que durar más que la de sociantisme que había lanzado Fourier para definir la séptima etapa del desarrollo de la humanidad.

Es interesante observar que estos ensayos de vida social con comunidad de bienes e intereses no trascendían en seguida a las Cámaras, o sea al Parlamento. Hasta mucho más tarde no hubo partidos socialistas que forzaran la implantación de reformas humanitarias. Acaso fue ello debido a que los reformadores, como Saint-Simon, Fourier y Cabet, sentían escrúpulos políticos y consideraban los gobiernos derivados de las Constituciones como anacrónicos, con sus senados, cámaras y monarquías románticas. Los primeros socialistas europeos pretendían ser prácticos, modernos. Además, en sus escritos se revela un entusiasmo excesivo que tenía que llevar al fracaso. Se olvidaron de la administración del grupo o falansterio. ¿Quién elegirá al jefe de gobierno? ¿Cómo se resolverán los casos difíciles? A quienes no se contenten con el bien que produce el orden, la tolerancia, la falta de envidia y ambición se les expulsará... ¡Conforme! ¿Pero qué tribunal juzgará sus faltas? ¿Se les concederá derecho a reintegrarse al grupo una vez demostrado que están verdaderamente arrepentidos?

No. Los primitivos socialistas no llegaron a precisar un Código Civil que pudiera servir de pauta para un nuevo régimen. Desearon demasiado o demasiado poco. Contaban siempre con el hombre natural, el ser perfecto que no había sido maleado por insanas pasiones y se aprovechaban todas las buenas inclinaciones, las que rigen o debían regir a todos los humanos.


Babeuf, teórico de la igualdad

“La igualdad de hecho no es una quimera. Se ensayó la práctica, felizmente, por el tribuno Licurgo. Es de sobra conocido cómo llegó a instituir este admirable sistema, en que las ventajas y desventajas de la sociedad se repartían por igual; todos tenían derecho a disfrutar de lo suficiente y nadie podía disponer de lo superfluo. Todos los moralistas de buena fe reconocen este gran principio y procuran consagrarlo.”

“Ya es hora de que el pueblo, humillado, asesinado, testimonie del modo mejor, más solemne y más general cuál es su voluntad, para que no sean sólo las señales accesorias de la miseria, sino la realidad, la propia miseria, la que quede destruida de una vez para siempre. Que el pueblo proclame su manifiesto. Que defina la democracia tal y como entiende que debe ser, como es, según los principios puros. Que demuestre que la democracia consiste en la obligación de satisfacer, por quienes poseen demasiado, lo que falta a quienes nada tienen. Que el déficit, en la fortuna de estos últimos, tiene su solo origen en el robo de los primeros. Robo legítimo si se quiere, porque es un robo, protegido por las leyes, de unos cuantos desaprensivos complacientes que durante el último régimen, lo mismo que durante los anteriores, han autorizado todos los latrocinios”.

Babeuf, el precursor, por David d’Angers.

“Proclamaremos, protegidos por nuestras cien mil lanzas y nuestros cañones, el primero y verdadero código de la naturaleza, que nunca, por los siglos de los siglos, habrá de ser derogado. Explicaremos claramente qué es eso del bienestar común, fin de la sociedad. Demostraremos que no ha habido razón para que la situación de cada uno empeore, al pasar del estado natural al estado social... Probaremos que todo cuanto un individuo acapare, más de lo necesario para alimentarse, es un robo social... Probaremos que el derecho familiar de la herencia es un crimen semejante; que tal derecho aísla a cada uno de los miembros de la asociación y hace de cada patrimonio una pequeña república que no puede sino conspirar contra la grande y consagrar la desigualdad... Que la superioridad de talentos y habilidades no es sino una quimera y un argumento especioso que ha sido utilizado de continuo por los conspiradores contra la igualdad... Que hay absurdidad e injusticia en la pretensión de una mayor recompensa para aquel cuyo trabajo exige un mayor grado de inteligencia, mayor estudio y mayor tensión de espíritu: que nada de esto atañe a la capacidad de su estómago. Que no hay razón alguna para pretender una recompensa que sobrepase la satisfacción de las necesidades individuales. Que el valor de la inteligencia es algo que depende de la opinión y aún está por averiguar si el solo valor de la fuerza natural y física no merece la misma opinión. Que son los inteligentes los que han otorgado precio tan alto a lo que sus cerebros conciben, y que si los fuertes hubieran contribuido a ordenar las cosas, de seguro habrían establecido que el mérito de los brazos vale tanto como el de la cabeza... Que así se ha destruido, cambiándolo de arriba abajo, el equilibrio del bienestar. Está demostrada hasta la saciedad nuestra gran máxima: no se puede llegar a tener demasiado sino haciendo que otros no tengan lo suficiente.”

Babeuf fue, en la época de la Revolución francesa, precursor de las principales ideas revolucionarias que se desarrollarán a lo largo del siglo XIX.

“Que los productos de la industria y la invención deben también ser propiedad de todos, patrimonio de la asociación entera desde el instante en que inventores y trabajadores los han producido... Que siendo los conocimientos adquiridos del dominio de todos, deben también repartirse entre todos... Que la educación es una monstruosidad cuando no se reparte por igual, cuando es patrimonio exclusivo de una parte de la asociación, pues se convierte, en manos de una porción seleccionada, en un conjunto de instrumentos y arsenal de armas de toda clase, con la ayuda de las cuales esta porción privilegiada combate a la otra que se encuentra desarmada.”

“Que es necesario también llegar a encadenar la fortuna; hacer a cada uno de los coasociados independientes del azar y de las circunstancias felices o desdichadas; hay que asegurar lo suficiente a cada uno y a su descendencia, por numerosa que sea, pero nada más que lo suficiente... Que el único medio de lograrlo es establecer la administración común. Abolir la propiedad particular... Que esta clase de gobierno hará que desaparezcan los límites, los muros, las puertas cerradas, las disputas, los pleitos, los robos, los asesinatos, los crímenes todos; desaparecerán los tribunales, las prisiones, las horcas, las condenas, las penas que originan todas estas calamidades; asimismo la envidia, los celos, la ambición insaciable, el orgullo, los engaños, la doblez; en resumen, todos los vicios imaginables.”

“Avancemos abiertamente hacia la igualdad. Ya vemos el fin social, ya vemos la felicidad común. ¡Pérfidos o ignorantes! Gritáis que es necesario evitar la guerra civil. Que no hace falta lanzar entre el pueblo la semilla de la discordia. ¿Qué peor guerra civil hay que ésta, que pone a todos los asesinos de una parte y a todas las víctimas de otra? ¿Llamáis criminal a quien pretende que las víctimas se armen contra los asesinos?... Todas nuestras desgracias han llegado a su límite; ya no pueden ir a peor. Sólo se pueden remediar por un trastorno total... Que todo vuelva al caos para que del caos nazca un mundo nuevo, más puro.”



Fourier contra el sansimonismo

Frontispicio del volumen I de Histoire Socialiste, realizada bajo la dirección de Jean Jaurès, político francés, fundador del Partido Socialista Francés. En los medallones aparecen los retratos de Babeuf, Saint-Simon, Fourier, Marx, Blanc, Proudhon y Blanqui.

Los rápidos progresos que estaba realizando el sansimonismo y los cuantiosos fondos de que disponía movieron a Charles Fourier a entrar en contacto con los “padres supremos” de la secta con vistas a solicitar de ellos que financiaran su proyectado falansterio. Los sansimonianos acogieron a su rival ideológico en la reforma de la sociedad con tanta cortesía como escaso entusiasmo, y Barthélemy Enfantin se limitó a responderle que sus objetivos eran distintos. Fourier se sintió ofendido, su mal humor no tardó en convertirse en cólera y se desahogó en un violento manifiesto en el que aprovechaba también la ocasión para ajustar las cuentas a los dicípulos de Owen: Trampas y charlatanismo de las dos sectas Saint-Simon y Owen que prometen la asociación y el progreso.

Fourier daba por seguro el fracaso de sus rivales franceses e ingleses, a no ser que copiaran sus ideas:

“Si intentan hacer una asociación universal sin seguir mi método, se hundirán, como Owen; y si me lo roban, total o parcialmente, yo denunciaré el plagio; por otra parte, no dejarán de cometer muchos errores en el mecanismo de atracción industrial, excepto si me llaman para revisar sus disposiciones”. Pero como esta última posibilidad parece bastante lejana, no duda de que los sansimonianos están efectuando “un acto de piratería” y de que “tratan de apropiarse la teoría de la industria atractiva o del arte de asociarse, de la que soy inventor”.

De todos modos, ni aun así conseguirán lo que se proponen, puesto que a su falta de base intelectual unen una absoluta incapacidad práctica:

“Esos adalides del progreso –afirma–, que quieren convertir y asociar al mundo entero, ni siquiera saben asociar una aldea de dos mil habitantes”.

Sus errores son escandalosos, ya que claman, por ejemplo, contra el ocio, cuando “se comprende que se ame la ociosidad cuando solamente se nos ofrece una industria repugnante”, y contra la guerra, “ignorando que la guerra es inherente a todos los períodos sociales organizados por familias”. Hablan también de destruir las pasiones, “cuando el verdadero progreso debe facilitar el desarrollo de las pasiones; el régimen sansimoniano las ahoga en todos los sentidos; destruye el afecto paternal, uno de los más fuertes que existen; ahoga la ambición y la emulación; pues, ¿qué estímulo encontrará en su trabajo un hombre anciano cuando no pueda legar nada a sus hijos o amigos, y no tenga más perspectiva que la tan poco halagüeña de saber que su fortuna va a ir a parar a las manos de los sacerdotes del progreso en rapacidad?”.

El problema, insiste Fourier, contra lo que opinan los sansimonianos, no es de orden moral, sino simplemente mecánico; es un error sacar a reducir el sentido de la fraternidad. “Mecanizar no significa conciliar, sino utilizar recíprocamente discordias y antipatías; la moral aspira a cambiar a los hombres y sus pasiones; la mecánica social emplea todos estos elementos tal como son, sin transformarlos”. En consecuencia, el sistema de Saint-Simon y de sus discípulos es pura “charlatanería económica”, adornada de engañosas ideas filantrópicas, y con un fondo de ignorancia que inspira desdén y compasión. La única salida que tienen es robarle sus ideas, pero, por fortuna, él ha adivinado a tiempo “las intenciones de esos corsarios” y se apresura a denunciar sus incalificables manejos.

Los sansimonianos, que formaban en la época un grupo relativamente poderoso frente a los escasos seguidores de Fourier, no prestaron gran atención a estos ataques; pero, al menos en dos aspectos, algunos de sus miembros se sintieron atraídos por las ideas furieristas: así, Jules Lechevalier y Abel Transon acabaron convencidos de que la doctrina de Fourier era mucho más practicable que la de Saint-Simon, y se pasaron a la secta rival por motivos de eficacia; del mismo modo que otros sansimonianos admiraban en Fourier virtudes como el respeto a la personalidad humana y la exaltación de la libertad individual.



El proceso de los sansimonianos

La decisión de llevar ante los tribunales a los sansimonianos la tomó el gobierno francés a fines de noviembre de 1831, pero debían transcurrir bastantes meses antes de que encontrara materia suficiente para instruir la causa; en efecto, hasta el verano siguiente, después de largas pesquisas e innumerables interrogatorios, no se concretaron las acusaciones contra la secta de Ménilmontant: reuniones ilegales (según el artículo 291 del Código Penal, que prohibía las reuniones de más de veinte personas), ofensas a la moral pública y a las buenas costumbres y estafa. En último término el ministerio fiscal prescindió de otros cargos, como hostilidad al rey e incitación a la rebelión, por estimar que carecían de base. El proceso duró dos días, el 27 y el 28 de agosto de 1832.

Sus actas demuestran que distó mucho de ser un proceso corriente y que abundó en detalles pintorescos e incluso cómicos; los acusados no sólo se defendieron con gran energía y orgullo, sino que pasaron incluso al ataque, lanzando invectivas contra la sociedad que les procesaba, aunque el tono general fue más bien de afirmación de sus creencias (Enfantin proclamó altivamente en su discurso los dogmas sansimonianos y su fe en su misión personal) y de deseo de que respetaran su modo de vivir; así, Duveyrier, uno de los acusados, dijo al jurado:

“Vosotros sois unos sencillos burgueses que lleváis una vida tranquila y que apenas os preocupáis por el mundo, cuando no cae dentro del estrecho círculo de vuestros negocios y de vuestros afectos familiares. No turbéis, pues, esta seguridad de la que gozáis. Dejad a Dios su tarea y respetad el noble uso que hacen de su libertad los jóvenes que se levantan para servirle”.

Fue relativamente fácil desvirtuar todas las acusaciones; resultó evidente que no podía probarse ningún caso de estafa, y en cuanto al artículo 291, no había vuelto a aplicarse desde la Revolución de Julio, contra cuyos principios atentaba, y para colmo había sido condenado en un discurso por el propio François Guizot, una de las figuras más destacadas del nuevo régimen. Más discutible era la acusación de ofensas a la moral, basada en determinados textos teóricos de los sansimonianos, pero en el debate la argumentación de los “apóstoles” de Ménilmontant fue mucho más hábil e incisiva que la de sus acusadores; en este sentido cabe destacar la réplica de Charles Lambert, quien trató de demostrar a los jurados que carecían de competencia religiosa, moral y política para juzgar el caso. Sólo puede juzgarse una doctrina, afirmó, en nombre de principios proporcionados por una doctrina; ahora bien, la sociedad no tiene ninguna doctrina, y por lo tanto no tiene más remedio que callarse y dejar pensar y actuar a los hombres del porvenir.

El fiscal, Delapalme, defendió a la sociedad con argumentos un tanto sorprendentes, dijo:

“Tenemos una sociedad, tenemos un orden social, y, bueno o malo, tenemos que conservarlo”,

y concluyó su requisitoria del modo siguiente:

“En nombre de la moral, en nombre de la decencia, en nombre de la sociedad, os pedimos que disolváis, en medio de la gran sociedad, una sociedad particular que tiene unos intereses propios y distintos, que no está con nosotros, y que, por consiguiente, está contra nosotros”.

El jurado dictó un veredicto de culpabilidad. Enfantin, Duveyrier y Michel Chevalier fueron condenados a un año de prisión y a cien francos de multa cada uno; Rodrigues y Barrault, a cincuenta francos de multa, y se decretó además la disolución de la secta llamada sansimoniana. Los acusados abandonaron la sala en perfecto orden y sin mostrar la menor agitación, al salir de París, camino de Ménilmontant, entonaron uno de sus himnos.

La opinión general de la prensa fue favorable a los sansimonianos, estimando que la sentencia era tan injusta como exagerada; se había condenado a una asociación religiosa que no alteraba el orden público y, por lo tanto, en el caso se implicaba el doble problema del derecho de asociación y de la libertad religiosa; la mayoría de los periódicos, pues, aunque sin dejar de subrayar los aspectos ridículos y pintorescos del sansimonismo, manifestaron simpatía por el movimiento, calificando a sus miembros de “personas de carácter puro y honorable”.



Bibliografía


Bibliografía ampliada


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