Estoicos, epicúreos y escépticos

Introducción

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Diógenes el Cínico. De las doctrinas cínicas, explicadas a Zenón por Crates, su primer maestro en Atenas, nació el estoicismo. Esta evolución hacia el pensamiento estoico puede explicarse debido a la mitigación de la altivez de los cínicos y a la mayor valoración de lo importante en la vida: que sea coherente y conforme a la naturaleza.
Diógenes el Cínico. De las doctrinas cínicas, explicadas a Zenón por Crates, su primer maestro en Atenas, nació el estoicismo. Esta evolución hacia el pensamiento estoico puede explicarse debido a la mitigación de la altivez de los cínicos y a la mayor valoración de lo importante en la vida: que sea coherente y conforme a la naturaleza.
Busto del filósofo Zenón. Natural de Chipre, llegó a Atenas en el año 312 a. de J.C. y, coherente con los principios que guiaron su vida, se suicidó en el año 262. Su pensamiento, algo ecléctico en sus orígenes debido a las muchas influencias recibidas, se fue perfilando hasta establecer una doctrina de enunciados concretos. En cuanto a la moral, enseñó que el estoico debe ser dueño de sí mismo y sólo realizar acciones virtuosas o, en caso de que sean indiferentes, deben ser justificadas racionalmente.
Busto del filósofo Zenón. Natural de Chipre, llegó a Atenas en el año 312 a. de J.C. y, coherente con los principios que guiaron su vida, se suicidó en el año 262. Su pensamiento, algo ecléctico en sus orígenes debido a las muchas influencias recibidas, se fue perfilando hasta establecer una doctrina de enunciados concretos. En cuanto a la moral, enseñó que el estoico debe ser dueño de sí mismo y sólo realizar acciones virtuosas o, en caso de que sean indiferentes, deben ser justificadas racionalmente.

Introducción

La filosofía postaristotélica

Cabeza de Zeus de época helenística. Epicuro atacó las creencias supersticiosas relacionadas con la intervención de los dioses en los asuntos humanos. No hay que temer los rayos de Zeus, enseñó; no es el dios quien lanza una chispa que aniquila a justos y malvados sin distinción.
Cabeza de Zeus de época helenística. Epicuro atacó las creencias supersticiosas relacionadas con la intervención de los dioses en los asuntos humanos. No hay que temer los rayos de Zeus, enseñó; no es el dios quien lanza una chispa que aniquila a justos y malvados sin distinción.

Epicúreos y estoicos: ideas y textos políticos

Columnata de la entrada a la stoa de Attalo, construida por el rey Attalo de Pérgamo. Las columnas de la hilera exterior, a la izquierda, eran de estilo dórico, y las del interior, de estilo jónico. La stoa constaba de dos pisos y tenía un carácter comercial, con una serie de tiendas en la parte posterior. Fue destruida tras la incursión de Sila en el año 86 a. de J.C. y reconstruida por los romanos. Los filósofos estoicos fueron llamados así porque se reunían en este lugar a recibir las enseñanzas de Zenón.
Columnata de la entrada a la stoa de Attalo, construida por el rey Attalo de Pérgamo. Las columnas de la hilera exterior, a la izquierda, eran de estilo dórico, y las del interior, de estilo jónico. La stoa constaba de dos pisos y tenía un carácter comercial, con una serie de tiendas en la parte posterior. Fue destruida tras la incursión de Sila en el año 86 a. de J.C. y reconstruida por los romanos. Los filósofos estoicos fueron llamados así porque se reunían en este lugar a recibir las enseñanzas de Zenón.
El filósofo Crisipo, figura del estoicismo, que sucedió a Cleantes en la dirección de la escuela desde 232 a 204 a. de J.C. Escribió numerosos tratados, de los que sólo se conservan algunos fragmentos, sobre el método dialéctico y el problema de las relaciones entre libertad y destino. Fue discípulo de Zenón.
El filósofo Crisipo, figura del estoicismo, que sucedió a Cleantes en la dirección de la escuela desde 232 a 204 a. de J.C. Escribió numerosos tratados, de los que sólo se conservan algunos fragmentos, sobre el método dialéctico y el problema de las relaciones entre libertad y destino. Fue discípulo de Zenón.

Estoicos y epicúreos: sobre la filosofía, su contenido y el ideal de vida filosófico

El filósofo griego Epicuro, que vivió desde 341 hasta 270 a. de J.C., fundador de una escuela en Atenas llamada “El Jardín” y de una corriente filosófica que lleva su nombre. El epicureísmo es un arte de vivir cuyo fin es la felicidad del hombre. Pero ésta no puede alcanzarse abandonándose a placeres desenfrenados, sino disfrutándolos con moderación, en especial los espirituales, como la amistad y el goce intelectual.
El filósofo griego Epicuro, que vivió desde 341 hasta 270 a. de J.C., fundador de una escuela en Atenas llamada “El Jardín” y de una corriente filosófica que lleva su nombre. El epicureísmo es un arte de vivir cuyo fin es la felicidad del hombre. Pero ésta no puede alcanzarse abandonándose a placeres desenfrenados, sino disfrutándolos con moderación, en especial los espirituales, como la amistad y el goce intelectual.
Las grandes ciudades helenísticas
Reconstrucción del Altar de Pérgamo erigido en honor a Zeus, obra maestra de la arquitectura helenística, con un original friso del basamento donde se representa la lucha de los dioses contra los gigantes. La difusión de la nueva filosofía estoica obligó en la época helenística a construir grandes altares para demostrar respeto y agradecimiento al Dios Supremo, ordenador del mecanicismo del Universo.
Reconstrucción del Altar de Pérgamo erigido en honor a Zeus, obra maestra de la arquitectura helenística, con un original friso del basamento donde se representa la lucha de los dioses contra los gigantes. La difusión de la nueva filosofía estoica obligó en la época helenística a construir grandes altares para demostrar respeto y agradecimiento al Dios Supremo, ordenador del mecanicismo del Universo.

Los temas pirrónicos en la segunda etapa del escepticismo: la Academia Nueva, Carnéades y Arcesilao (siglos III-II a. de J.C.)

Ofrenda a la diosa de los amores. 1518 - 1519 de Tiziano Vecelli. Para Epicuro, el temor a los dioses es una de las causas que impiden al hombre conseguir su felicidad. Pero este temor es innecesario, puesto que los dioses son seres tan superiores que viven indiferentes a la existencia de los hombres. Esto explica por qué en la ética epicúrea los dioses no desempeñan ningún papel.
Ofrenda a la diosa de los amores. 1518 - 1519 de Tiziano Vecelli. Para Epicuro, el temor a los dioses es una de las causas que impiden al hombre conseguir su felicidad. Pero este temor es innecesario, puesto que los dioses son seres tan superiores que viven indiferentes a la existencia de los hombres. Esto explica por qué en la ética epicúrea los dioses no desempeñan ningún papel.

Los escépticos: la imposibilidad del conocimiento

Todo el oro de los Tolomeos no consiguió desarraigar de Atenas sus escuelas de filosofía. Atenas continuó siendo el centro más importante del pensamiento griego hasta la época romana. No en vano Sócrates había bebido en ella la cicuta; allí estaban abiertas todavía las escuelas fundadas por Platón y Aristóteles, y para los que no se hallaban de acuerdo con las enseñanzas de la Academia y del Liceo, habían aparecido otros dos grandes maestros, que, si no enseñaban cosas del todo nuevas, al menos las exponían con gran originalidad y un fervoroso acento de convicción que era completamente “moderno”. Estos dos nuevos maestros de Atenas, casi contemporáneos, eran Zenón el Estoico y Epicuro. Ambos tuvieron que resumir las ideas de los ilustres filósofos que les habían precedido para afirmar sus puntos de vista personales.

Antes de Alejandro, la filosofía griega se había preocupado casi únicamente de la composición física del mundo: ¿qué son la materia y la fuerza que la mueve y organiza? Un segundo problema, ya muy secundario, era el de la causa primera, suponiendo que ésta fuese exterior al Universo, y en tercer lugar, el de las relaciones del hombre con los dos anteriores: cómo debemos vivir en armonía con lo que nos rodea y pagar al creador el debido tributo.

El primer problema era el capital para los griegos, porque en esto se distinguían de los otros pueblos de la antigüedad y también de muchos de los modernos. Los griegos empezaron por analizar la estructura física de la creación; de moral no se preocuparon apenas los filósofos anteriores a Sócrates, y hasta Platón y Aristóteles no empezaron a discutir científicamente la existencia de un dios creador.

Por esto resulta sorprendente ver aparecer en Atenas una escuela de filosofía que basa su moral en la divinidad activa y presente en toda la creación. El fundador de esta escuela se llamaba Zenón de Citio (finales s. IV-principio s. III a. de J.C.). Era un griego de Chipre, probablemente contaminado de semitismo, porque en Atenas, en un principio, le llamaban “el fenicio”. Según la tradición empezó su carrera ejerciendo de mercader, pero habiendo perdido su fortuna en un naufragio, llegó a Atenas sin otros bienes que la ropa que llevaba puesta. Curioseando por la ciudad, entró en una tienda de libros y tomó al azar un manuscrito de Jenofonte, que resultó ser la apología de Sócrates. En cuanto lo hubo leído, comprendió que una vida filosófica podría hacerle innecesaria la fortuna que había perdido y preguntó al librero dónde podría encontrar gentes que viviesen como Sócrates había vivido. El librero le señaló a Crates, que en aquel momento pasaba por la calle; habiéndole llamado, Zenón le rogó que le tomara por discípulo.

Crates era el más original de los discípulos de Diógenes, y la influencia del gran cínico se percibe en las ideas de Zenón; pero se cree que éste, además, quiso conocer lo que había de aprovechable en las otras escuelas de Atenas y parece que frecuentó la Academia. Después de veinte años de estudio y meditación, el náufrago grecofenicio, convertido en filósofo, empezó a enseñar por su cuenta. No creyó necesario establecer un centro escolástico, con local propio, sino que prefirió enseñar por la calle. Y como el lugar preferido por Zenón y sus discípulos era el pórtico del lado sur del Mercado, y pórtico en griego se llama stoa, por esto a los discípulos de Zenón se les llamó estoicos, y nos valemos de este nombre todavía para indicar una manera de pensar.

Durante treinta años, Zenón reunió a sus discípulos en el pórtico del Mercado; su vida frugal, la nobleza de sus palabras –sin la ironía de Sócrates ni las inconveniencias de Diógenes–, le hicieron estimar por el pueblo de Atenas como el filósofo ideal. Actuó algunas veces como árbitro y juez. Era algo pequeño, al andar inclinaba la cabeza a un lado, y su piel, de color oscuro, parece corroborar su origen oriental. Murió en 264 a. de J.C., a la edad de setenta y siete años. No se ha conservado completo ninguno de sus escritos, que ejercieron una influencia enorme en la antigüedad. Estoicos fueron el ya citado rey Cleomenes, que quiso reinstaurar el sistema igualitario en Esparta; Séneca, Marco Aurelio y Epicteto; por los escritos de éstos tardíos discípulos conocemos muchas ideas del maestro.

Un extracto del más antiguo e importante documento que se ha conservado de la escuela del Pórtico, el famoso himno de Cleantes. Éste fue el sucesor de Zenón, si alguien pudo calificarse de jefe de escuela entre los estoicos. El himno está dedicado a Zeus y empieza así:

“¡Oh glorioso señor, con mil nombres llamado! – Rey del Universo, sin principio ni fin. – Omnipotente, que con justa medida – tú gobiernas el mundo. – Zeus, a quien acuden suplicando las criaturas todas.

Nosotros solamente somos hijos tuyos – y vamos por la tierra llevando tu imagen; – debemos, pues, con nuestros cánticos alabar tu poder...”

Hemos llegado aquí a un momento solemne de la Historia. El himno de Cleantes es una cumbre del espíritu humano, en la que dos grandes culturas llegan a encontrarse. Las palabras de Cleantes fueron recordadas por san Pablo en su discurso en Atenas. Donde habían enseñado los filósofos, predicó el judío cristiano con las palabras de Cleantes. Leemos en el capítulo XVII de las Actas de los Apóstoles: “Y ciertos filósofos estoicos y epicúreos encontraron a Pablo y se dijeron: –¿De qué charla este hablador?”.

Y Pablo les contestó, recordándoles, entre otras cosas, el verso que hemos subrayado del himno de Cleantes “Porque, como dijeron algunos de vuestros poetas: Nosotros somos hijos tuyos”, lo que quiere decir, según san Pablo, hijos de Dios.

Las consecuencias que saca Pablo de Tarso de esta afirmación son muy distintas de las consecuencias que sacó Cleantes. Por de pronto, Cleantes añade en seguida que los cielos rodean la tierra siguiendo los designios de Zeus, quien tiene en la mano el fuego que anima la naturaleza, el fuego, que es el agente del logos o entendimiento, y circula por el Universo y da luz a las estrellas... La reminiscencia de las ideas de Heráclito, que el fuego es el principio de todo y está en el entendimiento, alma de las cosas, resulta evidente en el himno de Cleantes. Todo es armónico para Dios, pero el hombre, perverso, no lo comprende –continúa diciendo Cleantes–; “tiene ojos y no ve, tiene oídos y no oye”. En cambio, los que van guiados por la razón, reverencian la ley universal de Dios y encuentran la felicidad. Los otros, sin raciocinio, prosiguen las diversas maneras del error, quieren por vanidad hacerse famosos o ricos; se entregan a la lujuria, y hoy aquí, mañana allí, se pierden buscando el bien y encontrando sólo el mal. Cleantes acaba con una súplica a Zeus para que salve a “sus hijos” por medio del conocimiento.

El himno de Cleantes nos da una pauta para entender los mutilados fragmentos de Zenón; Crisipo –otro discípulo suyo de la primera generación y aun del propio Cleantes– dice que Dios no es el Universo, pero que está en el Universo. Es el fuego, o espíritu, que lo anima todo, y lo anima conscientemente y obedeciendo a un plan. Si nos limitamos a vivir “como Dios manda”, que para los estoicos es vivir conforme a nuestra naturaleza humana, conseguiremos el máximo de felicidad que podemos lograr en esta vida; mas para vivir conforme a la ley natural, hemos de conocer el plan de Dios actuando con la naturaleza; Cleantes lo dice bien claro: sólo por medio del conocimiento, los hombres, hijos de Dios, pueden salvarse. Por eso los estoicos pretendían analizar el plan de la creación, y aunque no lanzaron ninguna nueva hipótesis, comentaron originalmente el sistema que entonces parecía más científico: el atomismo del filósofo Demócrito. Los átomos, en número y cantidad fijos, cambian de estructura y posición según el designio divino; pero además Dios –el logos, el fuego, el espíritu, el entendimiento– está en ellos, se difunde en ellos, sin confundirse con ellos.

Hay que imaginar al grecofenicio Zenón pisando el pórtico del Mercado de Atenas, respirando el aire saturado de sol, fijándose en cada cosa para preguntarse qué es lo que la hacía tan diferente. Recordaría la idea del también filósofo Leucipo de que todo está formado por átomos o corpúsculos indivisibles y la solución de Demócrito de que aquellos átomos se reúnen movidos por el fuego, que es el elemento activador. Lo que añadió Zenón a la doble doctrina de Leucipo y Demócrito es que el elemento divino que mueve los átomos, o sea el fuego, ha de tener conciencia y voluntad, puesto que las tenemos sus criaturas. Cicerón, que era estoico de convicción, lo precisa en estos términos:

“Nada que esté falto de conciencia y de razón podría engendrar seres provistos de conciencia y razón; por consiguiente, el Universo, el Todo, está dotado de razón.”

De natura deorum, II, 22

En consecuencia, ¿qué será el culto, la religión, para un estoico a partir de Zenón? Pues veneración hacia todo lo que existe, en la forma que le ha señalado Dios. Y bastará un altar sin imagen, un lugar de meditación.

Un problema trascendental se presenta en seguida, un problema que atormentó a los últimos estoicos, como Marco Aurelio y Epicteto. Sí; hemos de vivir conforme a las leyes naturales, pero ¿el error y el mal no son también cosas naturales y, por tanto, divinas? Esta dificultad fue resuelta por la Iglesia cristiana según la fórmula de san Pablo: “El mal está en mí”, es extraño a Dios. Algunos filósofos modernos han pretendido hallar una explicación para la presencia del mal sobre la tierra diciendo que el mal no existe y que es sólo la ausencia o carencia del bien. Los estoicos no trataron de evadir esta dificultad, pero tampoco la resolvieron sino a medias. El mal existe, pero lo que parece malo para una parte de la creación, o para un individuo, no lo es para la naturaleza toda. El himno de Cleantes lo dice bien claro: todo es armónico para Dios. “Tú sabes hacer parejo lo que era impar, – ordenar lo que estaba desordenado; – tú has mezclado el bien y el mal de tal manera – que el conjunto forma un todo razonable y eterno.” “Esculapio –dice Marco Aurelio– me prescribe ejercicios, baños y caminar descalzo. La naturaleza a veces ordena enfermedad, traumas y amputación...” “¿Quién se quejará de uno que pegue a un árbol para que caiga fruto? Al médico no le extrañan los casos de fiebre, ni al piloto los vientos contrarios.” Terremotos, guerras y desastres son para el bien universal, aunque nos perjudiquen de momento. Ya se comprende, pues, cuál será la conducta prescrita por los estoicos. Como somos una parte del gran todo, tratemos de llenar nuestro hueco, y si en el concierto del Universo nos ha tocado en suerte la enfermedad, no nos quejemos; por fortuna, podemos conocer que nuestro daño no es más que una saludable sangría, necesaria al plan de la creación. Pues nuestra vida individual, buena o mala, ha de ser tan corta, ¿para qué cubrirse uno de desprecio quejándose por tan poca cosa?

En contraste con Zenón y la escuela del Pórtico se ha puesto siempre a Epicuro y su escuela. Y, en realidad, no hay gran diferencia en los resultados, o sea en su moral; lo que distingue a estoicos de epicúreos son tan sólo las razones que los han impulsado a seguir una misma regla de conducta. Una fuente básica para conocer las bases del pensamiento de Epicuro la constituye el gran poema didáctico en seis volúmenes De rerum natura del poeta romano Lucrecio (c. 99-55 a. de J.C.).

Epicuro (341-270 a. de J.C.) era un ateniense de pura sangre, aunque nacido en la colonia de Samos. Su padre era maestro de escuela y su madre hacía de curandera. Desde muy joven, Epicuro debió de tener afición a la filosofía, porque cuando llegó a Atenas, el 323 a. de J.C., para el servicio militar, ya había visitado las famosas escuelas de Jonia. El soldado empezó a dar muestras de su talento criticando a cuantos le habían precedido: Platón era una estatua de oro, Aristóteles un farmacéutico, Protágoras un portero y un amanuense de Demócrito, Heráclito un desordenado y Demócrito un charlatán. Zenón, como no había empezado aún a enseñar, hubo de escapar a sus críticas. Acabado el año de servicio, Epicuro regresó a las colonias de Asia. No sabemos a punto fijo dónde pasó los dieciséis años que median desde el 322 hasta el 306, en que definitivamente se instaló en Atenas, pero consta que el 310 estaba Epicuro enseñando en Mitilene, donde “convirtió” a Hermacos. Éste debía sucederle como jefe de escuela, y en otra colonia de los Dardanelos, en Lampsaco, ganó a su causa a Metrodoro, que había de ser su discípulo predilecto.

Con un séquito de gente de las colonias llegó, pues, Epicuro a Atenas, estableciéndose en un jardín que compró en las afueras de la ciudad por el precio de ochenta minas. Allí vivió, sin duda, con los recursos que le enviaban sus admiradores ricos de Lampsaco, aunque de la manera más sencilla y económica posible. Como detalle interesante se cuenta que Epicuro no permitió a sus discípulos que tuvieran las cosas en común, como los pitagóricos; la amistad debía ser suficiente motivo para que nunca careciese uno de lo que tenía otro.

Que los filósofos del Jardín debían formar una sola familia nos lo indican los cuidados que prodigó Epicuro a los huérfanos de aquellos de sus discípulos que murieron antes de poder educar a los hijos. Epicuro había tenido una naturaleza algo enfermiza, pero llegó a los setenta y dos años de edad; murió de cálculos renales el 270 a. de J.C. En su testamento se preocupa principalmente de los hijos de Metrodoro, que eran menores de edad; los libros y el Jardín fueron para Hermacos, que ya hemos dicho que quedó como jefe de la escuela. En sus últimos momentos, sufriendo los agudos dolores que causa una enfermedad del abdomen, Epicuro tuvo fuerza para escribir a sus amigos de Lampsaco una carta que empezaba así:

“Os escribo en un día feliz, aunque sea el último de mi vida. Estoy atacado de disentería y de dolores tan violentos, que nada puede imaginarse peor que mis penas. Pero el placer de recordar nuestras filosóficas conversaciones me compensa de mi aflicción...”

Hasta en sus últimos instantes, Epicuro recuerda el placer –voluptas–, un placer filosófico, pero placer al cabo, cuyo recuerdo mitiga sus dolores. En la hora de su muerte, Epicuro no piensa en los dioses o en la vida futura, ni da consejos para la acción. El día de su muerte es para el filósofo un día feliz, no hay por qué quejarse; si la vida ha sido buena, tanto mejor, y si ha sido mala, es una fortuna acabarla cuanto antes. ¿Por qué, pues, temer a la muerte, que es inevitable?

El nombre de Epicuro y de sus discípulos sugiere normalmente la idea de una conducta egoísta de placer, sin participar en la acción más que para mantenerse sano y poder gozar de los más refinados deleites del cuerpo y del alma. Y es cierto que Epicuro no desdeña los goces sensuales, pero sabe muy bien que abusando, y aun usando de ellos con moderación, le acarrearán más daño que placer. Famosa es la posdata de una carta a un amigo, en que Epicuro le pide que le envíe un poco de queso para poder regalarse sibaríticamente. Por lo común, se contentaba con pan y agua, y sus discípulos hacían experimentos para probar quién podría vivir más sobriamente.

He aquí un párrafo del filósofo romano Séneca, que profesaba el estoicismo y no puede, pues, considerarse interesado en el asunto:

“Cuando llegáis al Jardín de Epicuro, lo primero que veis es una inscripción que dice: ‘Amigo, aquí vivirás contento; nuestro propósito es encontrar placer’. Y en seguida el guardián del lugar, un hombre bueno y amable, os ofrece un plato de sopas y un vaso de agua, y después os pregunta si habéis comido bien. Estos jardines –añadirá– no producen hambre, más bien la calman; aquí no causamos sed con bebidas fuertes, sino que apagamos la poca que tenemos con el agua, que no cuesta nada. Éste es el placer que nos permitirá llegar a viejos.”

Eliminado así el deseo de goces materiales, y por tanto de riquezas, Epicuro espera hallar su felicidad en una vida pacífica, rodeado de amigos. La amistad es uno de los más grandes goces para Epicuro; por esto sus discípulos la conservaron siempre, durante la época romana. El transigir, en caso de diferencia de opinión, fue casi un dogma para estos filósofos del placer.

Epicuro parte del principio de que la vida es naturalmente sana y agradable. El hombre se atormenta a sí mismo no sólo con vanos deseos, sino también con falsos conceptos de los dioses y de la vida futura. Hay, pues, que eliminar estas causas de temor lo más pronto posible. Con un tratado-enciclopedia, compuesto de veintiocho libros de ciencias naturales, intentó Epicuro destruir la supersticiosa creencia en los falsos dioses que, según el vulgo, intervienen en el curso de los acontecimientos. No hay que temer los rayos de Zeus si éstos son tan sólo el choque de dos nubes. ¿Quién puede creer que sea un dios el que lanza la chispa, si ésta aniquila a justos y malvados, templos y casas, y hasta las mismas estatuas del dios del trueno? No; Tántalo no gime bajo el peso de una roca; el verdadero Tántalo es el que se martiriza a sí mismo con falsos temores.

Hay, pues, que sustituir el absurdo concepto del Universo, regido por los dioses olímpicos, por un sistema científico que permita al alma vivir en paz.

También Epicuro acude a Demócrito y a sus átomos para explicar el funcionalismo de lo que tiene alrededor; pero así como Zenón vio los átomos regidos por un elemento consciente y operando según un plan divino, Epicuro desdeña este elemento espiritual; los átomos “caen” en el espacio, se agitan sin propósito, por necesidad, con su admirable belleza e inexplicable perfección. ¿Qué adelantamos con valernos de un dios para mover la fábrica del mundo? Y aun suponiendo que este dios existiera, ¿por qué tenía que molestarse en su creación? Así evita Epicuro el problema del origen del mal, porque tampoco explica el origen del bien. Ambos, simplemente, existen y ello debe bastarnos.

Vemos, pues, que estoicos y epicúreos aceptaron el atomismo de Leucipo y Demócrito. Pero mientras los primeros lo concebían regido por un principio consciente, ordenador, éstos creían que los átomos “caían” al azar, movidos por la acción de uno de los cuatro elementos, el agua; el vapor acuoso es el que obliga a los átomos a reunirse para crear cuerpos y a componerse en materia con apariencia individuada.

El cosmos organizado con átomos impulsaba a estudiar las leyes físicas, caso que las hubiera, y el aspecto del Todo. Así fue como se fomentó entre los estoicos y epicúreos un deseo de conocer la forma del cosmos y su más inmediata manifestación, o sea la Tierra. Dos últimos estoicos, ya algo desgajados de la escuela del Pórtico, se entregaron a estudiar el mundo físico y dieron principio a la geografía con su sistema actual de describir el planeta. El primero fue un filósofo de Rodas establecido en Atenas; se llamaba Panecio, y aunque no nos queda de él ningún texto que revele su manera de interpretar la forma de los mares y continentes con la gente que los habita, encontramos su sistema aplicado en su discípulo Posidonio de Apamea. Éste se estableció en Rodas después de haber hecho un largo viaje de estudio por Occidente. Compuso con sus experiencias unas Historias, donde describe lo que ha visto desde Marsella al mar del Norte, y se da cuenta de la variedad de tipos de naciones. Posidonio fue muy apreciado de los estoicos romanos. El general y político Pompeyo se detuvo en Rodas al regreso de sus campañas y el mismo Cicerón fue a Rodas para aprender la filosofía física y moral de Posidonio.

Queda todavía la muerte. En este punto, Epicuro afirma: “La unidad vital no es el hombre, sino un infinito número de elementos, diríamos átomos, que nos componen; al morir no nos aniquilamos, pero nos disgregamos en estos componentes espirituales”. Al llegar aquí, es fácil preguntarse: “Explicación lógica, apero cómo es posible la moral, sin Dios y sin vida futura, no reclamada por Epicuro?”. Los chinos han tenido su moral sin estas “quimeras”, responderán los epicúreos modernos. Y respecto a los antiguos, dice Epicuro: “El justo goza de una paz que no tiene el criminal”. ¿Por qué? “Porque un día u otro su crimen será descubierto, y, aunque así no fuere, el temor de que lo descubran amargará su existencia...” El filósofo de esta moral utilitaria fue reputado como un santo por sus discípulos. Lucrecio, que escribió un sistema del mundo doscientos años después de la muerte de Epicuro dijo:

“Cuando la humanidad, atemorizada bajo el peso de la religión, buscaba auxilio en el Olimpo, Epicuro se atrevió el primero a levantar los ojos al cielo sin asustarse de su aspecto. Ni la historia de los dioses, ni los rayos ni los truenos pudieron apartarle de su deseo de abrir las puertas del arcano de la naturaleza. Su alma atravesó los confines del mundo, y con la mente y el espíritu examinó el Universo para decirnos lo que puede ser y lo que nunca será; lo que es cada cosa y de dónde no puede pasar.”

Este pensador, que explicó la naturaleza de un modo satisfactorio, al menos para sus discípulos, es el mismo Epicuro que un día fue efebo chistoso en las milicias de Atenas, que después se convertirá en maestro del Jardín, y el mismo que vimos morir resignadamente de cálculos renales.

Resumiendo: tanto Zenón y los estoicos como Epicuro y los epicúreos se imaginan el Universo formado de átomos que se mueven en el vacío; pero mientras Zenón cree que están movidos por un elemento casi “humano”, consciente y con un plan, a Epicuro le parece más lógico suponer que se mueven por necesidad, fatal y ciegamente. Son los dos sistemas, el teleológico, que es el de Zenón, y el mecanicista, que es el de Epicuro un contraste de opiniones. La oposición de estoicos y epicúreos, en moral, puede caracterizarse por dos palabras, que preferimos dejarlas en latín porque tienen un valor más amplio. Estas dos palabras son virtus y voluptas. La virtus de los estoicos es algo más que virtud, es fortaleza, es piedad; la voluptas de los epicúreos no es voluptuosidad; sino placer espiritual y contemplación científica.

Otra diferencia entre estoicos y epicúreos es la participación que tomarán unos y otros en las contiendas de los hombres. El estoico cumplirá sus deberes políticos con religiosidad; si sus cualidades o su nacimiento le han puesto en un lugar preeminente, intervendrá en la dirección de los negocios del estado aunque ello le disguste. En cambio, Epicuro no cesaba de aconsejar el retraimiento en política. Sólo aquellos que tengan exceso de energía, lo que podría calificarse de enfermedad mental, podrán desahogarse en la vida pública, como un honesto deporte. El genio práctico y religioso de los romanos debía de avenirse con la concepción moral del mundo de los estoicos, pero los griegos se sentirían más satisfechos con el sistema científico, casi artístico, de Epicuro.

Mientras en Atenas las cuatro escuelas de filosofía, la Academia, el Liceo, el Pórtico y el Jardín, se afanaban por encontrar una fórmula de conducta filosófica, en las ciudades helenísticas se continuaba avanzando en el campo de las ciencias matemáticas, físicas y naturales. Los principales centros de estudio eran Alejandría, Pérgamo, Rodas y Siracusa; allí se hacían grandes esfuerzos para coordinar los inventos anteriores y se lograban en casi todos los ramos sorprendentes resultados.


La moral de la virtud y el rigor: el estoicismo

Las escuelas filosóficas dominantes en la época helenística se plantean como problema central el de la conducta. ¿Qué ha de hacer el hombre para ser feliz? Las restantes cuestiones, tales como la explicación del conocimiento y la constitución del mundo material, giran en torno a aquella preocupación moral.

Muerto Alejandro Magno, el imperio por él creado y continuado por sus generales acaba con las tradiciones políticas de las pequeñas ciudades-estado. Los hombres libres ya no pueden inspirarse en ellas para saber cómo han de comportarse si quieren vivir decorosa y felizmente. Se sienten asilados y remitidos a su sola responsabilidad (individualismo). La filosofía ha de llenar este gran vacío y convertirse en guía de la vida humana.

Por esto, los estoicos interpretan la filosofía como un todo orgánico cuyas verdades, concebidas como fuerzas racionales explicativas, penetran a todo cuanto existe, a saber, el conocimiento, la realidad de las cosas y el comportamiento del hombre.

Al nacer, el alma humana es como una tabla rasa, un papel en blanco, en el cual se inscriben las sensaciones, señales dejadas por la acción de las cosas sobre los sentidos (sensualismo). La razón elabora las impresiones sensibles, que precisamente por ser el primer material del conocimiento se denominan anticipaciones o prolepsis.

De los estoicos procede el nombre de comprensión para indicar el conocimiento global y acabado de algo. En efecto, afirman que el saber procede de la reunión de las representaciones de un objeto que el alma capta o recoge conjuntamente (comprehensión). La representación completa de algo lo comprende (representación cataléptica) y lo muestra tal y como aparece, y así el alma termina el conocimiento mediante el asentimiento o afirmación de su verdad.

La parte de la filosofía que se refiere a la constitución de la realidad se denomina física. En toda cosa hay una materia pasiva y un factor activo, de manera análoga a lo que ocurre en los seres vivos, cuyo cuerpo está organizado y mantenido en vida por una alma. La fuerza que informa universalmente a la materia es el fuego.

Gracias a él, las cosas persisten consistentes y articuladas según una armonía que las vincula entre sí. El fuego es una energía racional, comparable a la fuerza germinativa de la semilla que preside el crecimiento de la planta y mantiene unidas sus ramas, tronco y raíces. Todo tiene, pues, su razón seminal, su energía vivificadora que ordena cada cosa en el conjunto de lo existente y la hace existir.

El estoicismo asegura, pues, que el mundo está regido por una razón inmutable y universal que preside eficazmente todo cuanto ocurre. Los procesos cósmicos se desarrollan en forma cíclica: lo que acontece una vez se vuelve a repetir indefinidamente, como pasa con el curso de los astros, que visiblemente desarrollan sus movimientos según períodos cerrados.

Nada sucede por azar. Todo está minuciosamente regido por una necesidad racional que recibe los nombres de Destino, Fatalidad (Fatum), Razón (Logos) o Dios, según se la considere (panteísmo).

La norma primera de la moral estoica es que el hombre ha de vivir en concordancia con la Naturaleza, que equivale, según lo dicho, a la Razón cósmica. Las cosas externas y las acciones de los demás nos afectan y producen, como es obvio, placer o dolor. Si sucumbimos al sufrimiento o al goce, cedemos a la pasión, es decir, perdemos la dirección racional de nuestra conducta y somos llevados “pasivamente” por factores que atentan a nuestra dignidad. En cambio, si a pesar del placer o del dolor orientamos nuestra conducta según la razón, conservamos la autoridad sobre nosotros mismos. En esta participación activa de nuestra razón directriz en la razón universal está la fuerza o virtus del hombre bueno, porque es sabio y obra según su saber.

La virtud, pues, estriba en la impasibilidad (apatía), en el mantenerse firme y riguroso frente a la flaqueza de los sentidos. Por ello el placer no puede ser el criterio de la conducta buena; más bien es su principal obstáculo. La virtud es una sola, a saber, el asentimiento firme a todo cuanto ocurre, porque todo está regido por la razón. El sabio puede y debe tenerse por igual a Dios: entre su razón personal y el Destino hay perfecta correspondencia. La felicidad no se sigue de esta actitud como una compensación o un premio que sanciona la conducta, sino que es idéntica a la virtud en cuanto tensa concordancia con la Razón.

Una vez polarizada e inserta la conducta en la razón, todo lo demás, riqueza, salud, fuerza, etc., y sus contrarios son absolutamente indiferentes. Los supuestos males más bien son medios adecuados para poner a prueba la virtud del sabio, y en cuanto tales, son aceptables y buenos.


El hedonismo de Epicuro

Los individuos y las colectividades, cuando pasan por una fase de madurez otoñal, de refinamiento decadente, acostumbran replegar sus energías creadoras y se retraen en el goce moroso de lo más inmediato. Abdican de sus proyectos ambiciosos y se complacen en la delectación de los bienes humildes, naturales, que en una época de más empuje habrían sido sacrificados a mayores riesgos y aventuras.

La versión helenística de esta actitud fue el epicureísmo, doctrina según la cual el hombre ha de buscar los placeres tranquilos, serenos, que ofrece la vida sencilla, la amistad y la contemplación de la belleza.

La función del saber es más bien negativa. La filosofía renunciará a proponer nuevas interpretaciones de la realidad, de carácter desinteresado y teorético. Su misión es otra: desmontar las supersticiones angustiosas, desvanecer los temores agobiantes del dolor y de la muerte, tranquilizar al hombre y conseguir que se contente con la brevedad de su vida y la fugacidad de sus leves momentos de bienestar. La mayor parte de los males humanos se deben a las imágenes que engendra el miedo o el afán y que pueblan los huecos de la existencia: los fantasmas de los sueños, las amenazas de un justicia ultraterrena, la inexorabilidad del destino, el desengaño y el desánimo por los objetivos no logrados. Si la filosofía consigue hacer ver la inanidad de todos estos espectros ilusorios, el hombre liberado por ella será feliz.

Los epicúreos denominan Canónica la parte de la filosofía que da reglas (cánones) para determinar el valor de los conocimientos. Las cosas mandan a los sentidos unos efluvios que reproducen exactamente su aspecto exterior y por esto se llaman eidola, imágenes o simulacros. No hay otro medio de conocer que la sensación y ésta es siempre verdadera. Si algunas veces erramos es porque corregimos o interpretamos las sensaciones y pretendemos completar lo que nos es ofrecido. Ya se comprende que, aplicando con rigor este criterio sensualista, toda realidad conocida ha de ser por fuerza material y natural, si no, ¿cómo podría impresionar a los sentidos?

Sólo existen, pues, los cuerpos y el espacio que los contiene. Aquéllos están compuestos de una multiplicidad de pequeñas partículas que, por ser indivisibles, se llaman átomos. Todas las cosas están constituidas por un número muy grande, pero finito, de átomos.

Busto en mármol de Epicuro, filósofo griego.

El origen del mundo actual, distribuido en múltiples cuerpos, visibles y tangibles, se explica de la siguiente forma: en el comienzo había un vacío inmenso, infinito. En él caen verticalmente los átomos, como una densa lluvia primigenia. Los átomos presentan formas diversas: los hay esféricos, ganchudos, filamentosos, irregulares, etc. Todos caen a igual velocidad, pero algunos de ellos, “por azar”, se desvían de su verticalidad y en su nueva dirección oblicua chocan con los que descienden rectos, a su lado. Así se producen pequeñas aglomeraciones que van aumentando de tamaño y llegan a constituir cuerpos tan grandes como la Tierra y las cosas que ésta soporta.

Hay que observar que la desviación (clinamen), origen de todo, se debe a la casualidad. No hay que temer, pues, a un destino ni a un Dios providente que de antemano hubiera dispuesto la existencia y el curso de los acontecimientos. No existe una fatalidad que predetermine lo que va a ocurrir y haga inútiles nuestros esfuerzos. El hombre puede confiar en lo inesperado y en la eficacia de sus actos. Lucrecio en su poema De rerum natura expuso el sentido humano de esta hipótesis cosmogónica.

La moral constituye la culminación del epicureísmo. Si sólo existe lo material, si lo que llamamos alma es una corriente de átomos sutiles, ígneos, que dan vida al cuerpo, si no hay una vida ultraterrena, es perfectamente coherente sostener que el máximo bien y el supremo criterio de lo bueno sea el placer (hedonismo). Efectivamente, por naturaleza, el placer es atractivo y el dolor es repulsivo. Observemos la conducta animal, no deformada por las convenciones, y veremos cómo se cumple este aserto.

Pero el placer ha de ser humano y esto quiere decir primeramente que ha de ser apreciado más por su pureza, por no estar contaminado de dolor, que por su intensidad. No es que haya placeres espirituales, pero sí hay placeres que tranquilizan, que equilibran. Tales son los naturales y necesarios, que se obtienen al satisfacer con sobriedad una necesidad orgánica, hambre o sed. Igualmente, la contemplación de la belleza y, sobre todo, el disfrute de una auténtica y fiel amistad. El sabio, según Epicuro, ha de buscar en el placer la ataraxia o imperturbabilidad. En ningún caso debe esclavizarse a él, sino incorporar el estado placentero a su sereno e imperturbable dominio de sí mismo. Si así lo hace, el goce será una forma superior de lucidez y de conocimiento.


La duda como liberación: el escepticismo

La atención a lo que nos rodea proporciona información acerca de las cosas. Aceptándola como verdadera, el hombre y los demás seres sensitivos pueden moverse en su ambiente y proyectar con éxito la conducta futura. Se requiere, pues, confiar en el conocimiento para poder optar entre las posibilidades que se ofrecen y contribuir activamente a su realización, siempre problemática. En este sentido, el saber cumple una función vital básica si se le presta adhesión y conformidad.

El hombre no siempre está dispuesto a dar por buena la primera versión de las cosas. Cuando éstas se vuelven ambiguas o pierden su consistencia porque han sido deposeídas de la ilusión que les daba relieve y atractivo, comienzan las suspicacias y surge una actitud marcadamente negativa: la duda. Al dudar se acentúan los riesgos y los desengaños del obrar directo y confiado. Se descubre que los planes e ideales son falaces y que es más “económico” no comprometerse en nada. En una palabra, los hombres se vuelven escépticos. Este término significa caviloso, pensativo. Los antiguos usaban, a veces, la voz zetéticos, literalmente buscadores inquisitivos, como sinónimo. Ambos indican que los que dudan se abstienen de sentar una afirmación positiva y se limitan a referir su parecer subjetivo.

El escepticismo antiguo fue fundado por Pirrón de Elis (c. 360-c. 272 a. de J.C.), que había tenido conocimiento de las creencias y actitudes religiosas de los orientales. De ellos pudo aprender que la fuerza perturbadora de las sensaciones placenteras o dolorosas depende en gran parte de la adhesión que el sujeto les presta. Quien logra tener lo sentido por mera apariencia variable, puede conservar su imperturbabilidad.

Pretendía Pirrón inculcar a sus discípulos esta actitud abstencionista. El escéptico ha de asistir como espectador incrédulo al curso de los acontecimientos. Se ciñe a lo que aparece, pero no lo confirma, no asegura que sea una realidad. La abstención de juzgar se denomina epokhe, y el no proferir opinión alguna, aphasia. De este modo, nada le altera. Vive como en un sueño. Siente, claro está, las impresiones de su cuerpo, pero como afecciones exteriores, algo que pasa a un acompañante transitorio. Las tolera, pero las tiene a distancia.

En sus diálogos, Pirrón hacía ver que la mayoría de los pesares del hombre provienen de imágenes amenazadoras o de ilusiones descabelladas a las cuales confiere valor de realidad. Si las reduce a lo que efectivamente son, a saber, producciones inconsistentes de su fantasía, consigue superar temores y esperanzas, y recupera la tranquilidad perdida.

A mediados del siglo III a. de J.C., el escepticismo se fundió con los seguidores de Platón y quedó constituida la llamada Academia Nueva, representada eminentemente por los dos jefes de escuela Arcesilao de Pitana y Carnéades de Cirene. Este último introdujo las nuevas doctrinas en Roma.

La filosofía habría de tomar como modelo a Sócrates y su método. Oponiéndose al dogmatismo de los estoicos contemporáneos, los nuevos escépticos partían de que el filósofo es el primero que sabe que no sabe y que convence a sus interlocutores de que lo que ellos creen saber son igualmente débiles opiniones.

La primera dificultad para poder asegurar que una proposición es verdadera es que no hay criterio o señal firme de su verdad; cualquiera que aceptemos debe, a su vez, estar afianzado en un criterio anterior que lo justifique, y éste de nuevo, con lo cual hay que retroceder constantemente en busca de nuevos fundamentos. O bien los asertos valen sólo porque se justifican entre sí, en un conjunto inseguro. El argumento negativo que acabamos de indicar tuvo gran resonancia y fue denominado dialelo, ya que expone cómo las proposiciones no pueden dejar de apoyarse unas en otras (di’állelon).

Sin embargo, hay pareceres más aceptables que otros. Si no se puede afirmar que sean verdaderos, al menos se pueden admitir como probables. Se distinguen porque no encierran contradicciones, coinciden con otros pareceres sentados anteriormente y dan una visión conjunta del objeto o de la situación. Las opiniones probables son persuasivas, convencen. Otra cosa es que pretendan aproximarse a la verdad.

El escepticismo tuvo amplia difusión en Roma. Sus más conocidos defensores fueron Enesidemo, Agripa, y Sexto Empírico. Este último escribió unas Hipotiposis pirrónicas que sistematizan todos los argumentos escépticos.

En el curso de su larga evolución, el escepticismo fue progresivamente dejando de ser una actitud humana adoptada en vistas a la conducta y a la felicidad, para convertirse en una doctrina teórica sistematizada.




Bibliografía


Bibliografía ampliada


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